Para los desafortunados,
y afortunados
y afortunados
La lluvia no había partido, sólo se había refugiado del frío para volver cuando este se fuese, y el cielo no estuviese estrellado, aunque así fuese, de mis zapatillas no se iba todavía, seguían empapadas por esa caminata bajo su tormento y esos charcos invisibles a la oscuridad de la noche que me fueron detectados al tacto de mis calcetines, me quedé mirando la ventana, mirando la calle principal esperando como cualquier soñador verte caminar aquellas cuadras, extenderte en un saludo y yo correr a tu abrazo cálido, pero sólo transitaban automóviles, uno que otro taxi, y un romántico joven con un ramo de astromelias con rosas blancas para quien yo supuse era su enamorada, la sonrisa la tenía impresa desde el pelo hasta la punta de los pies, y yo miré las flores secas en el florero lila que aguardaban en la salita, son cosas circunstanciales, ya llegará mamá con flores nuevas pensé.
Busqué la última carta que me habías escrito desde la lejanía de tu ciudad, desde después que terminó la paz y comenzó la guerra, cuando yo me repetía todos los días que no escribías por estar alejado de comunicaciones o en alguna trinchera vigilando, no habían más teorías, de hecho era lo que esperábamos en este cuerpo los dos, yo, pues, y el pequeño, que no te dije que existía para no evitar tu partida, que era lo que más querías hacer, yo no era quien para tomar tus alas y bajarlas del cielo, sólo te rogué que volvieras, lo hice infinita cantidad de veces, pero ya han pasado dos años de aquella carta, la guerra acabo hace seis meses, y yo no tengo noticias tuyas, aún, todos esperan lo peor, pero yo guardo la esperanza en una cajita, y en esos ojos que miran a punto de caminar y alcanzar mis brazos en un intento suicida que el tamboleo de sus pasos le impide.
La semana siguiente fui internada por algo parecido a la histeria, vi a mi bebé alejarse de mi y quedar al cuidado de mi madre, pero la vida así ya no tiene sentido, y esta etapa no pasará por nada, a menos claro.
Ella robó un cuchillo de la sala de enfermería, tomo un poco de gasa para envolverlo y camuflarlo de las miradas invasoras de sus compañeros, se fue al cuarto de baño, se sentó en un pisito helado que ahí se encontraba, desenvolvió aquel cuchillo, sin sacar la vista de la puerta de entrada que tenía trancada con los pestillos escondidos que tenía, limpió su brazo con dedos temblorosos, con el corazón latiendo más fuerte de lo normal, se miró al espejo por última vez, tenía la pena en los ojos, y unas ojeras que mostraban la ausencia anhelada, una lágrima cayó de cada ojo, luego, hundió el cuchillo sobre sus venas, desde la mano hasta el codo, porque había escuchado que esos eran los cortes de muerte inmediata.
Aquel día había vuelto, sí, él, su incomunicación dejo de existir, y con heridas en el cuerpo volvía después de haber estado inconsciente, fue prontamente a buscarla y sacarla de esa lugar, porque él era el único que podía volverla al presente y a la tranquilidad, la única medicina.
Ella escuchó la voz, su voz, desde el cuarto de bañó salió sangrando de él, pero por suerte no fue suficientemente fuerte para hacerlo profundo, y sobretodo para que no doliera un abrazo muy apretado.
Era la medicina que no crean en laboratorios, era su mano tomando la mía o mejor ambos tomando la mano de una mezcla de ambos, ver el mundo de otro color, nuevamente y jamás perder la esperanza de que los tamboleos terminan.
Después de la tormenta,
siempre viene la calma.
Laura
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