Para todos,
porque al final,
todos esperamos lo mismo.
De pronto intentas cerrar los ojos, crear que no ha pasado nada, y el espejo sólo te confunde con las lágrimas que te muestra corriendo por tu rostro. Quizá será porque ya esta viejo, o porque definitivamente conoce cada una de tus expresiones, con cada sentimiento. Quien te exige raciocinio no es más que el que ni siquiera el se comprende o entiende, el que poco se escucha, y que de reflexión carece, el estúpido sentado en la banca sin siquiera mirar el paisaje, que concentra su vista el las líneas de las baldosas, y no se preocupa de entender la vida o a si mismo. Ya estaba yo vieja cuando me encontré con un viejo conocido de juventud, el de seguro no me recordaría, y yo poco más que su nombre sabía, sorpresa me causo cuando me detuvo, me pregunto que tal estaba, y que había pasado con mi vida con tantos años sin verme. Creí en aquel preciso instante que mi vida ya no tenía sentido, que los proyectos estaban escasos, y no más vivía de recuerdos, cuando ocurre eso, es cuando verdaderamente comienzas a morir. Solté la pequeña bolsa vacía que llevaba para traer unas verduras del mercado, partí a un instituto, en que enseñaban a tejer, pintar y bordar, cosas ya de vieja, pero actividades que podía realizar bastante bien, me inscribí en los tres, y decidí en aquel preciso instante ser la mejor de todas. Era mi meta personal, y lo único que quizás me devolvería la vitalidad. Compré una torta pequeña para celebrar la cercanía de mi cumpleaños, era la favorita de mi marido, milhojas amor, era la clásica milhojas pero con un toque de frambuesa que nos deleitaba al paladar tanto a él como a mi. Cuando ya volvía a casa las gotitas comenzaron a mojar mi cabellera ya casi completamente blanca, para mi suerte mi marido me había visto venir por la ventana, y salió a buscarme con un paraguas, y tomo la mano que llevaba vacía, era como caminar por los charcos cuando aun eramos jóvenes, y podíamos saltar sobre ellos y salir ilesos de tal acto . Hoy me conformo con mirarlo, con que sonriamos juntos, o a veces leamos el mismo libro, que el me recite esos poemas de cincuenta años atrás, que me parecían tan cursi en aquella época de noviazgo pero que ahora me parecían lo más acertado, o para ser sincera lo más romántico. Sequé la cabellera antes de que enfermara, porque he de decir que ya a esta edad las defensas son más bajas. Mi marido claramente es un gran cocinero, así que el tenía listo el almuerzo, y que no adivinan, hizo su especialidad, tallarines con salsa, es gracioso, es lo único que cocina, pero le quedan mejor que a mí, quizá es por eso, se especializa hasta con la forma de la hoja de laurel que le añade. De postre los sorprendí con la torta que adora y le conté las buenas nuevas, el dijo que me acompañaría a pintura, y que me iría a buscar cada tarde, para dar una vueltecita en el parque luego. Era lo único que esperaba de la vida, un cómplice, fiel y eterno.
Llenaremos la laguna de peces,
el jardín de árboles frutales,
y nuestros corazones con amor infinito.
Laura.
porque al final,
todos esperamos lo mismo.
De pronto intentas cerrar los ojos, crear que no ha pasado nada, y el espejo sólo te confunde con las lágrimas que te muestra corriendo por tu rostro. Quizá será porque ya esta viejo, o porque definitivamente conoce cada una de tus expresiones, con cada sentimiento. Quien te exige raciocinio no es más que el que ni siquiera el se comprende o entiende, el que poco se escucha, y que de reflexión carece, el estúpido sentado en la banca sin siquiera mirar el paisaje, que concentra su vista el las líneas de las baldosas, y no se preocupa de entender la vida o a si mismo. Ya estaba yo vieja cuando me encontré con un viejo conocido de juventud, el de seguro no me recordaría, y yo poco más que su nombre sabía, sorpresa me causo cuando me detuvo, me pregunto que tal estaba, y que había pasado con mi vida con tantos años sin verme. Creí en aquel preciso instante que mi vida ya no tenía sentido, que los proyectos estaban escasos, y no más vivía de recuerdos, cuando ocurre eso, es cuando verdaderamente comienzas a morir. Solté la pequeña bolsa vacía que llevaba para traer unas verduras del mercado, partí a un instituto, en que enseñaban a tejer, pintar y bordar, cosas ya de vieja, pero actividades que podía realizar bastante bien, me inscribí en los tres, y decidí en aquel preciso instante ser la mejor de todas. Era mi meta personal, y lo único que quizás me devolvería la vitalidad. Compré una torta pequeña para celebrar la cercanía de mi cumpleaños, era la favorita de mi marido, milhojas amor, era la clásica milhojas pero con un toque de frambuesa que nos deleitaba al paladar tanto a él como a mi. Cuando ya volvía a casa las gotitas comenzaron a mojar mi cabellera ya casi completamente blanca, para mi suerte mi marido me había visto venir por la ventana, y salió a buscarme con un paraguas, y tomo la mano que llevaba vacía, era como caminar por los charcos cuando aun eramos jóvenes, y podíamos saltar sobre ellos y salir ilesos de tal acto . Hoy me conformo con mirarlo, con que sonriamos juntos, o a veces leamos el mismo libro, que el me recite esos poemas de cincuenta años atrás, que me parecían tan cursi en aquella época de noviazgo pero que ahora me parecían lo más acertado, o para ser sincera lo más romántico. Sequé la cabellera antes de que enfermara, porque he de decir que ya a esta edad las defensas son más bajas. Mi marido claramente es un gran cocinero, así que el tenía listo el almuerzo, y que no adivinan, hizo su especialidad, tallarines con salsa, es gracioso, es lo único que cocina, pero le quedan mejor que a mí, quizá es por eso, se especializa hasta con la forma de la hoja de laurel que le añade. De postre los sorprendí con la torta que adora y le conté las buenas nuevas, el dijo que me acompañaría a pintura, y que me iría a buscar cada tarde, para dar una vueltecita en el parque luego. Era lo único que esperaba de la vida, un cómplice, fiel y eterno.Llenaremos la laguna de peces,
el jardín de árboles frutales,
y nuestros corazones con amor infinito.
Laura.
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