Para los cómplices,
y para los que quieren uno.
y para los que quieren uno.

Era un sábado por la mañana, ella salió a dar una vuelta por las calles céntricas, compró unas calcetas, unas cremas que ya se le acababan, y unos pañuelos para su cuello que amo con locura cuando los observó, doblando en la última esquina se topo con Tomás, lo sorprendió comprando una rosa azul, le tapó los ojos para causarle sorpresa, pero más no respondió y se dio vuelta un poco asustado, colorado se puso al verla, él la invitó a tomar un café, él era un enamorado del arte, artista como profesión de su corazón, pero en vías de Arquitecto como empleo, de igual forma era feliz, la chica se ponía nerviosa cada vez que el la miraba demasiado rato directo a los ojos, es que era él, el tipo que le hacía sentir mariposas hasta en la punta de los dedos. Se disculpó, desconociendo el motivo, pues no quería que lo viese comprandola, porque quería fingir que el la había plantado y luego cortado para ella, pero aquella rosa azul era para la chica. Digamos que estaban en proceso de conquista, se conocían hace un poco más de seis meses, y luego de tanta plática, ambos había comenzado una conexión romántica, pero que ninguno conocía, la cual debían mostrar antes de que uno de aquellos se arrepintiese.
Tomás la encaminó hasta su casa, eso fue lo que prometió, pero a final de cuentas la dejo frente a la puerta de ella, caminaban mientras el sol se escondía entre las olas de aquel mar agitado por el viento iracundo, él era un romántico empedernido, y ella una dulce chica, que sólo quería que el le diese la mano. Le entregó una carta cuando se despidió de ella, le dijo que la leyese diez minutos después que ya se hayan despedido, obviamente Aurora cerró la puerta tras de si y se sentó en un sillón a leerla de inmediato, era un poco díficil describir lo que en aquellas líneas él quería hacerla entender. Era demasiado sensible, pero lo suficiente para saber que todo no marchaba bien en la vida de la chica, sabía que tu corazón aún estaba dolido, que sus penas las recordaba todos los días, y su confianza había sido arrebata por alguna lluvia que aun no la traía de vuelta, últimamente sólo habían días nublados. Le prometió tres cosas, quererla hasta la luna, protegerla siempre y saber ser su cómplice, y no su todo, para lograr un equilibrio pleno.
Romperemos los años y el destino, quemaremos la hoguera que construía cada uno de nuestros futuros, y forjaremos ni mucho más ni mucho menos que nuestros sueños más imaginados, y más recientes, basta sólo con tomar tú mano, para saber que el mundo se reduce, y que no soy menos fuerte que cualquier arma creada para la destrucción, ni mucho más que el que está a mi lado y necesita ser escuchado. Estaré cuando quieras, y no estaré cuando lo necesites, seremos dos, así tendremos espacio, ese espacio a veces arrebatado por las relaciones absorventes, el cual no será nuestro caso, recorreremos parques, correremos por calles de charcos, y secaré cada una de tus lágrimas, te daré una palabra de aliento por cada una, para que jamás las vuelvas a tener, creo que he decidido bien, que el transcurso de los días pasa rápido porque cada día me vuelo mirando el cielo y pensando en todo esto, en figurar con las nubes algo parecido a un par de alas, que me hagan llegar al sol, para luego saltar a la luna, y compartir algo de algodón.
Miraré los barcos cada anochecer, para luego subirme al que presente el recorrido más sorprendente, y me haga aprender un poquito más del mundo, al que sepa obtener risas, y algo más que me haga conversar hasta que las velas no ardan.
Ella salió corriendo, dobló la esquina, pero él ya no estaba, volvió con pasó lento, cuando lo vió sentado en la entrada de su casa, el le dijo que ya no lo aguantaba y le preguntó que le parecía, ella sólo lo beso, en la calle codo a codo, somos mucho más que dos.
Lo especial,
se encuentra bajo la roca pérdida.
Que quizá,
nunca aparezca.
Laura
No hay comentarios.:
Publicar un comentario